Una mañana cualquiera, parte 3

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Una mañana cualquiera, parte 3

Mensaje por El Comisario el Miér Dic 30, 2015 1:50 pm

Los proyectiles les habían cogido por sorpresa. Pero sufrir fuego de artillería formaba parte de la rutina de los thuran. Aunque la colina se había venido abajo y enterrado a algunos de los soldados, un pequeño grupo se salvó.
Sabían que alguien iba a venir a comprobar su estado, así que abandonaron el lugar así como a sus hermanos caídos. Con Tulios al frente, se movieron por sendas estrechas y sinuosos pasos de montaña nevados. Los hombres estaban cansados, hambrientos y tenían frío. Solo les quedaban sus mosquetes y sus dagas, y habían perdido mucha munición y pólvora durante el derrumbamiento de las rocas.
— ¿Seguro que sabe donde nos lleva, sargento? —preguntó el sargento Mandy detrás, uno de los supervivientes.
— Yo me crié en estas montañas —el que contestó no fue Tulios, si no el comisario— Este lugar está infestado de ogros, bárbaros y bandidos...vayamos por donde vayamos nos toparemos con algo. Así que coraje y valor, soldados...os aseguro que cualquier peligro que nos espere entre estos pasos nevados no es nada comparado a la furia de mi cañón.
El resto del accidentado trayecto transcurrió en un absoluto silencio, unicamente interrumpido por las respiraciones agitadas de los thuran, los desprendimientos de rocas en las cimas y el fuego de artillería que arremetía con furia contra el campamento base.
El comisario supo que mientras siguieran los bombardeos, Trinel seguiría resistiendo allí arriba. Era por eso que se habían puesto en manos del sargento Tulios y su pericia de explorador para rodear la posición de los cañones y destruirlos por detrás, aunque eso les costara su vida. No tenían bengalas, pues se las habían llevado Cannighan y Merle, los francotiradores que se habían adelantado a explorar. Probablemente, también estarían ya muertos. El estruendo de los morteros también les permitiría saber si se alejaban demasiado o no del campo de batalla.
Se dispusieron a atravesar un pequeño valle cuando el sargento se detuvo en seco y levantó el puño. Detrás de él todos los supervivientes, ocho en total, también se detuvieron. Tulios observó los alrededores con los ojos entrecerrados, como si hubiera percibido alguna amenaza. No obstante la niebla no permitía una visión nítida del lugar, lo que ralentizó las ordenes del sargento.
Esta vez, todos lo escucharon; un sonido muy característico, el típico crujir de la nieve al ser pisada por una gruesa bota. Entonces fue cuando el enemigo se reveló de entre la niebla. Enormes humanoides, cubiertos con harapos y pieles y blandiendo espadas y hachas de un hierro quebradizo y piedra. Los soldados pronto se vieron rodeados de poco más que una docena de ellos.
Rapidamente, los thuran formaron un circulo espalda contra espalda, y echando manos de sus mosquetes dispararon a la orden del sargento, haciendo blanco en cinco de los corpulentos salvajes. No obstante, solo dos de ellos cayeron muertos del todo. El resto se cernió sobre los thuran blandiendo sus hachas y espadas romas, que más parecían más útiles como mazas que como armas de filo.
Desenfundando sus estoques y sus dagas, los thuran contrareestaron la amenaza con hábiles movimientos defensivos, desviando y esquivando facilmente los golpes mientras hacian tambalear al enemigo antes de matarles de una estocada, puesto que estos seres eran resistentes, también eran torpes y lentos.
El comisario se encontró de frente con un barbaro que decoraba su cuello con un collar de colmillos de orco que le dedicaba una mirada de extremo odio. Detuvo las potentes arremetidas de su hacha y tuvo tiempo de sacar su pistola y dispararle a bocajarro en la cara. El cuerpo del barbaro cayó inerte salpicando al comisario de sangre, pero cuando Hans recobró la compostura vio que otro salvaje cargaba contra él con una espada oxidada en alto. Con un ágil pero apresurado movimiento desvió la hoja roma con la daga y buscó atravesar el corazón de su adversario con el estoque. Sin embargo, el estoque se dobló la chocar contra lo que parecía una placa de metal protectora.
El bárbaro soltó una risotada. Cogió al comisario por el cuello y lo lanzó metros atrás. Hans cayó de espaldas y miró detrás un instante, para comprobar que solo un thuran habían muerto por seis de los bárbaros. Al al levantarse, encaró a su rival con una fría sonrisa que auguraba una muerte gloriosa para cualquiera de los dos. Arremetió con el estoque y cruzó espadas con el bárbaro, que ya no reía más. Este contraatacó con furia, pero con un preciso atajo del comisario, la hoja del estoque atravesó las costillas de su enemigo. Al retirar la espada, su cuerpo cayó al suelo mientras se ahogaba con su propia sangre. Hans le clavó la daga en el cráneo para rematar el trabajo y le cerró los ojos, en los cuales todavía se podía ver la sorpresa del bárbaro al darse cuenta de que iba a morir.
Entorno a él los demás thuran hicieron lo mismo, rematando a los moribundos que estaban esparcidos por el campo nevado, ahora teñido de rojo. Tras recojer las insignias y menciones de los dos soldados que habían caído, Tulios se levantó y comprobó a los supervivientes. Vio a Gus "Pinceles" y a Mandy limpiando sus hojas, y al comisario rellenando la cazoleta de la pistola con la poca pólvora que le quedaba. También seguían con ellos Wally Kennan, el mejor tirador del Primero. Eso consoló a Tulios, que se irguió e hizo notar su potente voz.
— Tenemos que largarnos ya! antes de que vengan más, vamos, vamos en marcha! —vociferaba acompañando las palabras con gestos que animaban a darse prisa.
Escaparon del lugar de manera apresurada, pero el combate los había desorientado y ahora, más cansados que nunca, solo querían encontrar un lugar para resguardarse del frío a descansar. Eso les llevó a un sendero sin salida, razón por la cual Tulios tuvo que neviar a Wally y Mandy para buscar algún lugar donde refugiarse del frío y el viento. Los dos exploradores no tardaron en ir y volver.
— Sargento, hemos encontrado una cueva. No estamos seguros, pero podría estar habitada. Está en un lugar alto. —explicó Wally.
Tulios asintió y se volvió al escuchar pasos que se acercaban. El ritmo de las pisadas revelaba que se trata de un numero bastante alto de humanoides, y los thuran no disponían apenas de munición y polvora, por no decir que estaban en un paso demasiado estrecho para desplegar sus habilidades con el estoque de manera eficaz.
— A la cueva, vamos. —Tulios no se lo pensó dos veces. No se lo podía permitir, o todos morirían en aquel estrecho montañoso escondido de todo el mundo.
Gus guió a los hombres hacia una enorme cavidad montañosa que se abria derrepente en mitad de la cara de la montaña. Treparon por ennegrecidas rocas tratando de evitar las zonas resbalosas o congeladas. Desde arriba vieron como los grupos de bárbaros inspeccionaban el estrecho camino y se retiraban al no encontrar nada relevante. Los thuran se habían movido en hilera para ocultar su numero, y después habían cubierto su rastro a partir del lugar de la emboscada, haciendo creer a los salvajes que no quedaban más humanos a los que saquear y matar excepto el pobre sargento Denys que había muerto allí en la emboscada. Probablemente no creerían que se los habría podido llevar a todos él solo por delante antes de morir, pero al menos les daba una excusa a los bárbaros de volver a sus cabañas y a sus hogueras. Aún así, hubo remordimientos por haber abandonado el cuerpo de Denys a merced de los salvajes.
El comisario se quedó observando hasta que finalmente se marcharon. Se volvió hacia los demás, que discutían sobre qué hacer; si avanzar o esperar aquí hasta que todo se relajara, como proponía Gus.
— No tenemos munición, ni bengalas, ni pólvora...deberíamos quedarnos aquí y esperar a que todo termine. Seguro que el capitán resisitirá.
— No podemos quedarnos aquí, nos vamos a congelar de frío...deberíamos entrar en la cueva. ¿Que podemos encontrarnos? ¿Trols? ¿Ogros? Son criaturas estupidas...
El que protestaba era Kennen.
— Tenemos una misión y la llevaremos a cabo. Escuchad. Apenas se escuchan ya los cañonazos; la intensidad de las baterías está disminuyendo. Es posible que en estos momentos estén barriendo los ultimos reductos de nuestro campamento y de nuestros hermanos. No nos quedaremos aquí, y tampoco podemos volver por donde hemos venido. Atravesaremos la cueva y nos pondremos en manos de la Luz. Tal vez esto conduce a la retaguardia de los renegados. O tal vez a nuestra muerte. Pero sea cual sea nuestro destino lo afrontaremos juntos como hombres de Thuran.—recitó el comisario con estoicismo.
La fría calma del comisario inspiró cierta tranquilidad a sus hombres, que se pusieron de pie dispuesto a seguirle junto al sargento Tulios allá donde los llevaran.
Así pues, en silencio y con extremo cuidado, se adentraron en la cueva. Cinco hombres de Thuran en un recondito rincon de Alterac intentando salvar a toda la compañía. No tardaron en ver las esquinas iluminadas por las lumbres. A pesar de ello, solo escucharon el chisporroteo de las hogueras. Wally se adelantó para comprobar si había alguien. Cuando hizo una señal con la mano indicando que no había nadie, el resto le siguió. Continuaron así, moviéndose a través de las esquinas oscuras evadiendo la luz allá donde las llamas no alcanzaban a iluminar. Pero llegado a un punto, su cobertura comenzó a verse reducida. Llegaron a un pasadizo que llevaba a una enorme antesala que conectaba con una especie de comedor del que salía un agradable olor a carne recién hecha. De nuevo, fue Kennen el que se adelantó para comprobar el lugar. Pero en lugar de utilizar signos, volvió para relatar lo que había visto.
— Hay bastantes celdas de hierro...la mayoría están vacías, pero ahí tienen a dos prisioneros....un enano y un humano. Al lado, parece que hay una especie de comedor enorme. No me he podido acercar para ver, pero el olor llega hasta aquí...probablemente sean ogros, comiéndose a sus prisioneros. Está bastante lleno, por eso el resto de la cueva debe estar vacía. Yo calculo que será mediodía, sargento.
— Podemos sacar al enano y al humano? Puede que sepan como salir de aquí. —inquirió Tulios.
— Sí, sargento. Yo mismo podría forzar la cerradura sin armar demasiado jaleo. Además, allí dentro tienen hasta música y tambores, aunque es una mierda de música.
— Bien...sácalos de allí. Mandy, Gus, cubridle por si alguien decide aparecer para coger más ingredientes.
Mandy y Gus se situaron en las paredes laterales del pasadizo que llevaba a la antesala para cubrir a Wally en caso de que se complicara las cosas. Mantuvieron sus cañones apuntando hacia la puerta mientras Wally forzaba las cerraduras de los prisioneros, que se aferraban a las barras de la puerta con ansía por salir de allí. Ningún enemigo apareció. Los tiradores se retiraron mientras Darrel se acercaba con el humano, un muchacho joven y pelirrojo, y el enano, un pequeño ser musuculoso con una sucia barba anaranjada y un rostro deformado por multiples golpes a lo largo de los años. Kennen los guió hasta donde estaban resguardados el comisario, el sargento y los tiradores. Wally abrió paso a los presos, para darles la oportunidad de presentarse y explicarse por sí mismo.
El que dio el primer paso fue el joven humano, que comenzó a relatar su historia de como habían llegado hasta allí. Al parecer, un contrato les había llevado a liquidar un líder ogro, pero por culpa de una avalancha producida por una bala de cañon perdida les había caído encima. Justo para cuando consiguieron liberarse, una patrulla de ogros les estaba esperando fuera de la nieve, blandiendo enormes mazas y martillos. Al finalizar su relato, el chico se llevó la mano al pecho, como si hubiera olvidado hacer algo muy importante.
— Vaya, y qué modales. Señores, muchísimas gracias por sacarnos de allí...creo que eramos el siguiente plato en el menú. Permitid que me presente. Mi nombre es Cyril, y este de aquí es Grotezk Furnisson. ¿Queréis salir de esta cueva? Nosotros como.

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