Una mañana cualquiera, parte 2

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Una mañana cualquiera, parte 2

Mensaje por El Comisario el Sáb Dic 19, 2015 3:49 pm

El capitán fijó la vista en el tazón de ceramica colocado sobre la mesa. Comenzaba a sentir la garganta y los labios resecos, así que bebió un trago de agua y le sabió a polvo y metal. Al escuchar los pasos que se aproximaban, dejó el tazón en la mesa y se puso de pie para recibir al comisario, que ya entraba por la puerta.
— Capitán, noticias —Trinel vio que sostenía unos pergaminos.
— Cual es la buena y cual es la mala?
— Me temo que ambas, capitán. La primera noticia es que unos renegados conocen nuestra posición. La segunda es que planean un ataque de artillería...y sin duda cuentan con una ventaja más que apreciable debido a esta condenaba niebla y lluvia. Podrías disparar decenas de cañones y quizás alcanzaríamos a uno o dos de ellos...y según Barkle, el intendente, no disponemos de munición suficiente como para contrarrestar una ofensiva de larga duración.
Trinel tuvo que digerir toda la información antes de comenzar a rumiar en una solución. Sobre él recaía toda la responsabilidad de la tropa, mantenerlos vivos y seguros y conducirlos a la victoria era su deber como líder. Tal vez...
— Comisario. Reúne a la tercera a la novena y a la septima escuadra, coged el sendero meridional y reconoced el terreno..buscad a nuestros enemigos. Pidele a Barkle que os de un paquete de bengalas y marcad los objetivos.
— Enseguida, capitán.
El comisario se dispuso a salir cuando un estruendo estalló en la lejanía acompañado de un impacto muy cerca de su posición. Eso apresuró a los dos oficiales, pero el comisario se paró un isntante y se giró hacia el capitán.
— ¿Y que hará usted, capitán?
— Yo me quedaré aquí y supervisaré las defensas...venga, vayase.
Hans asintió y salió de la sala de mando con pasos apresurizados. Con largas zancadas atravesó los patios donde los soldados comenzaban a arremolinarse y a correr de un lado a otro para armarse y prepararse para le combate.
A su marcha se le unieron el sargento Tulios y sus tiradores.
— ¿Cual es el plan comisario? —preguntó el veterano sargento.
— Reúna al resto de su escuadra. Nos veremos en la entrada del sendero del este. Deprisa!
El sargento asintió y se retiró junto a sus hombres para reunir a los que restaban. El comisario se aproximó al intendente, que estaba bastante ajetreado con todo el caos. Otro estruendo sonó en la lejanía y todo el mundo se paró y se calló, esperando descubrir donde iba a impactar el proyectil. Este cayó en una zona libre de peligro y todo el mundo siguió a lo suyo.
— Intendente. Necesito un paquete de bengalas. O dos. —el comisario extendió el brazo.
Barkle comenzó a rebuscar en su carro provisional de emergencia y sacó dos morrales. Los coloco en la mano del comisario. Hans se retiró sin decir nada. No había tiempo, tenía que encontrar a la septima y a la tercera escuadra. Vio al sargento Denys en la lejanía, junto a sus hombres, armándose para la defensa. Se llevó los dedos a la boca y silbó para llamar la atención del sargento. Este se acercó al trote seguido de todos sus hombres.
— Sargento. Vuestros hombres vendrán con nosotros junto a la tercera y la novena. ¿Ha visto al sargento Wallace?
— Señor, el sargento Wallace murió. El primer impactó le rebanó el cuello y se desangró. Está al mando el cabo Mandy, en la entrada del este.
— Perfecto, vamos en esa dirección —el comisarió tendió un morral al sargento y se colgó el otro él mismo.
— En marcha soldados! —vociferó el sargento Denys, que poseía una grave y potente voz.
A paso ligero, atravesaron lo que restaba del campamento hacia el este. Al disiparse un poco la niebla, vieron al cabo Mandy reunido con su escuadra, y con un gesto del comisario se unieron a la formación.
Llegaron a la entrada del paso del este, un estrecho sendero entra las montañas de Alterac que les permitiría rodear la posición del enemigo bajo la protección de la sombra de la montaña. Era un paso vertiginoso y en algunos trechos claustrofobico. Pero para ello el capitán había reunido a las escuadras más valientes para esta misión.
Allí les esperaba la novena escuadra, que era considerada la más experimentada y estaba repleta de veteranos Thuran. Tiempo atrás su padre había sido sargento de la Novena, cuando Tulios aún era cabo. Con todos reunidos, el comisario se detuvo para explicar las ordenes que le había dado el capitán.
— Estos paquetes contienen bengalas. Rodearemos y rastrearemos la posición de los enemigos y marcaremos los objetivos para que nuestros artilleros les vuelen el culo. ¿Alguna pregunta?
Nadie dijo nada.
— Bien. El sargento Tulios está al mando. Cabo Mandy, lamentamos lo de Wallace. Será sargento hasta que muera o hasta que encuentre a alguien mejor.
El sargento Tulios se colocó en la cabeza de la formación acompañado del comisario. Le seguían los sargentos Denys y Mandy y detrás el resto de soldados, formando un escuadrón que se desplazaba en una formación de fila estrecha para poder atravesar el paraje helado y estrechado.
La marcha fue dura y larga. Nadie dijo nada, porque nadie tenía ganas de hablar con aquel frío y en aquel lugar tan desolado. Solo sabían que tenían una misión y eso era todo cuando necesitaban tener en la cabeza. Las vidas de sus camaradas dependerían de ellos, y no podían fallar. Eran los más veteranos y no debían fracasar. Este fue el pensamiento que hizo que todo el escuadrón llegara ileso hasta el final de la ruta.
En la corona de una pequeña sierra, se detuvieron para observar la zona.
— Cannighan —llamó el sargento, que había sacado los prismáticos para intentar ver algo entre la bruma— adelantate con Merle. Asegurate que podemos seguir adelante.
Cannighan y Merle asintieron y se deslizaron por la colina de la montaña hasta llegar a la base. El sargento Tulios se giró y miró al resto, guardando los prismáticos.
— Pinceles, Sargento Denys, seguidles y cubridles si veis que alguna sombra se cierne sobre ellos entre esa condenada bruma. Y por lo que mas querais no les pegueis un tiro a ellos.
Los francotiradores buscaron una posición adecuada. No tuvieron tiempo de encontrarla. Una potente batería de cañones barrió la zona cercana a ellos. La pendiente de la cuesta les protegió de los impactos, pero cuando la zona comenzó a derrumbarse quedaron parcialmente enterrados por la nieve y las rocas.

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