Una mañana cualquiera

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Una mañana cualquiera

Mensaje por El Comisario el Miér Dic 16, 2015 11:51 am

El Primero de Thuran había instalado su campamento base en una colina oculta por varias lineas de árboles en la región de Trabalomas. Detrás tenían las montañas de Alterac, y senderos faciles a los que acceder por un thuran servirían como ruta de escape y contraataque en caso de un despliegue enemigo. Desde su posición se podía contemplar gran parte de las irregulares y verdosas extensiones que daban nombre a la región, por lo que disponían de una visión casi panorámica de todo el lugar. Bueno...al menos cinco días antes sí que podían.
De nuevo el día había amanecido con lluvia y una densa niebla enmascaraba toda posibilidad de ver nada. Habían enviado a sus mejores exploradores para establecer puntos avanzados entre la niebla; si alguna amenzaba se urgía en su interior, lo sabrían y estarían preparados para ello.

El campamento se dividía en secciones destinadas para cada utilidad. El centro de mando se encontraba en la retaguardia, resguardado de los arsenales y los barracones de los soldados, delante de los cuales se llevaban a cabo en distintos campos prácticas de tiro, de esgrima, camuflaje y en pequeños pabellones laterales en los que se daban clases teóricas a los reclutas sobre tácticas de guerrilla, funcionamiento de armas y tecnología y de asesoría acerca de los enemigos acérrimos de los Primeros, entre otras. Y a menudo algunos veteranos visitaban a los reclutas para inspirarles valor e incitar su avidez por entrar en combate.

De estos pabellones se alejaba con paso firme y regular el comisario, que atravesaba el campamento cubierto con su capa y su sombrero que lo resguardaban de la lluvia. Las botas y la zona inferior de la capa se habían manchado con barro, pero el uniforme al completo era de color negro. Desde su sombrero decorado con una pluma negra, hasta las botas altas que usaba pasando por su capa, sus correajes, y también el coselete de cuero y la camisa y pantalones anchos que utilizaba. Se detuvo frente al campo de tiro, junto al capitán Tarran que observaba las practicas protegido por la capa y el sombrero.

— ¿Qué tal con los reclutas? —preguntó con cierta sorna el capitán, que sabía bien que al comisario no le gustaba realizar esos actos representativos y tan llenos de sentimentalismos.
— De puta madre...pero la próxima vez mandamos a Tulios. Se corre de gusto cuando los chavales le ríen todas las gracias mientras se pavonea delante de ellos y les cuenta sus hazañas en Gorgrond.
El comentaro produjo una breve risilla en los dos que sirvió para relajar la tensión. Después pasaron unos cuantos minutos en silencio, observando las prácticas de mosquete. A Hans le llamó especialmente la atención la de un soldado, que no había dado ni una en el blanco.
—Joder...Según las estadísticas ya debería haber acertado aunque fuera de casualidad. —comentó el comisario.
Tarran se dispuso a dar su opinión cuando una voz le interrumpió al coger aire para hablar.
— Capitán. Comisario. Disculpenme.
Ambos se dieron la vuelta. Era uno de los exploradores que se había instalado en un puesto avanzado bajo el mando del sargento Tulios. Iba envuelto en capas y ropa de camuflaje, con el rostro pintado para que se complementera con sus ropajes. Intentaba resguardarse del frío viento y la lluvia a la vez que hacía todo lo posible para mantenerse firme.
— Descanse —ordenó el capitán para alivio del soldado— Informa.
— Tulios me ha pedido que le entregue esto solo a usted o al comisario. —les tendió una carpeta de cuero.
Trinel la cogió y sacó el papel, que comenzó a desteñirse y romperse por las gotas de lluvia. Aun así, Trinel ya sabía lo que necesitaba. Acabó de destrozarlo y dejó que la lluvia hiciera el resto antes de mirar al soldado de nuevo.
— Vuelve con Tulios y dile que nos veremos en el pabellón doce en diez minutos.
El soldado saludó y se marchó por donde había venido con paso ágil entre el irregular terreno lleno de barro y charcos que se habían formado en los ultimos cinco días.
Hans miró a Trinel y este se volvió hacia él.
— Te toca trabajar...nos veremos después en el centro de mando.
Ambos asintieron y cada uno se fue por su lado.
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Las cortinas del pabellón se abrieron de par en par para dar entrada al comisario, acompañado de los francotiradores Cannighan, Merle y el cabo Gus Bigby, un hombre algo obeso y bastante feo al que llamaban Pinceles por su tendencia de hacer dibujos con su cuchillo en las pieles de los enemigos que mataba.
Dentro esperaba el sargento Tulios, que custodiaba a tres prisioneros. Se volvió hacia el comisario con su clásica sonrisa bromista.
— Por una vez, reconozca que hemos hecho un buen curro aquí, comisario —dijo con su clásico tono bromista.
— Hacer un buen curro es en sí mismo vuestro curro. —contestó tajante el comisario.
Se acercó a los tres presos dejando al resto de la tropa atrás excepto a Cannighan, que conocía un poco el idioma de los orcos después de haber sido preso de la Horda hasta hace poco. Él serviría de traductor para el orco.
Los tres individuos estaban de rodillas con las cabezas tapadas por sacos de lino. Se arrodilló delante de ellos y reconoció que dos de ellos eran renegados por sus cuerpos descompuestos y ropajes. El otro era un orco. Sin decir nada, destapó las cabezas de los presos y se levantó. Echó mano de sus dos pistolas y disparó a la cabeza a los dos renegados ante la mirada atónita del orco.
— Lo siento...no aguanto a los no-muertos —Hans se disculpó socarronamente— Los orcos tampoco me gustan, pero puedo llegar a tolerarlos, así que te ofreceré una salida para que no termines con los sesos desparramados por el suelo como tus amiguitos antinatura.
Cannighan se dispuso a traducirlo, y el orco endureció el rostro y guardó silencio tras escuchar la traducción, aunque Hans consiguió rasgar el rostro impenetrable de la imponente masa de piel verde y vio miedo a morir.

— Los soldados que os han atrapado me han dicho que puedes ser un mensajero...pero no han encontrado nada entre tus pertenencias. Dime...¿qué mensaje tenías para el regidor?
El orco se mantuvo en silencio. Hans se acercó más a él, rostro frente a rostro.
— Si no comienzas a hablar, primero te arrancaremos todas esas asquerosas y amarillentas uñas una por una. Luego vendrán los dientes...haremos un collar con esos colmillos tan bonitos que tenéis los orcos y lo venderemos a alguna puta en algun cuchitril de Bahía del Botín
Al orco se le tensó la mandíbula, y el comisario continuó, viendo la oportunidad más clara y sonriendo con frialdad.
— Pero lo mejor viene ahora...no solo serás un orco sin uñas ni dientes. Porque te vamos a cortar los tobillos y a reventar las rodillas y los dedos de las manos uno por uno para que nunca más puedas coger un arma ni volver a pelear. Serás un tullido, inútil como nadie. Nadie te respetará más, no tendrás honor...
El comisario había dado de lleno. El orco comenzó a ceder, y dijo algo inaudible con voz ronca. El comisario ordenó que le dieran algo de agua, y Cannighan le dio un poco de su propio odre.
— Repite, vamos —le apresuraba el comisario.
Cannighan entrecerró los ojos mientras escuchaba al orco recitar sus frases guturales, ya con más claridad. Finalmente asintió y se volvió hacia el comisario para relatarle.
— Bien, vale...ha dicho..."podéis arrancarme mis dientes y mis uñas. Y mi piel si queréis también. Pero jamás, jamás me arrancaréis el honor. Hacedme lo que queráis, pero si vais a hacerme todo eso, prefiero perder el honor de esa manera que poner en peligro vidas de ciudadanos y soldados de la Horda..estoy preparado para reunirme con mis ancestros, sea por vuestra mano o no"
— Que así sea...Cabo Pinceles, acercate —el cabo Bigby se acercó y se puso de cuclillas al lado de Cannighan y Barosky. Con un cabeceo, señaló al orco— Tu nuevo lienzo.

Cannighan se levantó tras el comisario y Pinceles sonrió con maldad mientras sacaba su cuchillo de Thuran, lo que le otorgaba un aspecto grotescamente aterrador si lo sumabas a su fealdad. Barosky y Cannighan salieron del pabellón, acompañados del resto de tropas. Fuera se resguardaron bajo una cobertura de roca natural y aprovecharon para fumar un cigarrillo. Los gritos comenzaron a brotar a los pocos minutos desde dentro del pabellón, y a los diez minutos salió Pinceles cubierto de sangre de orco que se mezclaba con el agua de la lluvia. Le tendió un pergamino al comisario, y este asintió satisfecho.

Cuando entraron de nuevo en el pabellón, vieron al orco sembrado de cortes y zonas en las que le habían arrancado tiras de piel. Cannighan lo miró asombrado a la vez que algo intimidado.
— Cabo...no sé si es usted un genio o un maníaco...per...
El comisario interrumpió al joven chico.
— Vamos a acabar ya con esto...colocadle de rodillas y ponedle un arma en la mano.
— Un arma, comisario? —preguntó Gus con desconcierto.
— Sí, ponedle de rodillas, le dais un arma y le fusilais —el comisario miró un rato a los demás hasta ver que les quedaba claro, y la negra capa ondeó cuando se dio la vuelta y desapareció de la estancia.
Los soldados del regimiento de Tulios se miraron entresí. El sargento le quitó el seguro a su rifle de precisión.
— Aquí hay un orco que quiere morir por su patria. ¿Quién le concederá el favor? —proclamó el sargento Tulios, alzando el rifle. Los demás tiradores apuntaron al orco.

Cannighan se acercó y le colocó su propio cuchillo de Thuran en la mano, de manera que pudiera sujetarla sin hacer mucho esfuerzo. Sabía bastante de la cultura de los orcos y sus tradiciones primitivas, que incluían que morir con un arma en la mano te permitía dar uso de dicha arma en el otro mundo. El orco le hizo un gesto de agradecimiento, que hizo que Cannighan se sintiera invadido por una repentina oleada de culpabilidad y lastima. Se recompuso y no permitió que sus sentimientos se reflejaran en el rostro al mismo tiempo que se levantaba para sujetar su rifle y apuntarle junto a sus compañeros. El orco cerró los ojos, preparado para liberarse todo ese dolor. Pero pasaron los segundos y....bueno.
A veces, los thuran más clásicos siempre dejaban que pasaran unos cuantos segundos antes de fusilar a nadie. En ocasiones daba tiempo a los presos de recapacitar, como solía pasar la mayoría del tiempo. Otras veces, simplemente se realizaban apuestas entre los soldados sobre si se iban a cagar encima o no. Diez, once, doce, trece, catorce...los mosquetes dispararon. Cuatro balas se incrustaron en la cabeza del oro y cayó al suelo muerto. Cannighan casi podía ver el agradecimiento en su rostro.
— No me jodas...—comentó de mala gana Gus, y le lanzó una bolsa de monedas de plata a Merle.
— Sabía que este no se iba a jiñar encima. —Merle cogió la bolsa y sopesó el peso con una sonrisilla.

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