La Batalla por la Puerta Magna.

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La Batalla por la Puerta Magna.

Mensaje por El Capitán el Lun Dic 07, 2015 3:29 am

El sol caía sobre el horizonte, un horizonte sucio, lastimero y plagado del omnipresente olor a pólvora, sangre y muertos que llevaba acompañándoles desde hace casi tres meses. Tres meses de infructuosos resultados salvo unos pocos avances y tomas de trincheras sin importancia. Pero ahora, al fin podían verla, la Puerta Magna. Alta como una torre defensiva y almenada con una cincuentena de cultistas asomados y disparando burdos mosquetes y potentes arcos largos.

Sus objetivos, ocultos en trincheras y parapetos, eran unos sucios soldados agotados, vestidos con oscuros ropajes negros y rotas capas y sombreros de ala ancha. Era la Primera Compañía de Thuran, la cual llevaba arrastrándose y avanzando a sangre y fuego para conquistar cada centímetro de terreno y cada charca de lodo y arboles quebrados por la artillería y las catapultas. El Capitan Trinel Tarran acompañado por el comisario Yirias Borrel, un hombre entrado en años, con el pecho como un barril y que portaba una extraña espada, similar a un sabe de corsario, algo sumamente extraño para los Thuran, cuyas armas reglamentarias eran el estoque y la daga. Completaba su atuendo con una chaqueta de cuero negro y unos pantalones reforzados con cuero en las rodillas y unas botas militares de caña alta.

El comisario vociferaba a los soldados, mientras Tarran observaba la puerta con un rudimentario catalejo de latón.

-Esto se esta poniendo feo Yirias...- El capitán se giró mirando al comisario y señalando las andanadas de fuego procedentes de la muralla, con la mala fortuna de que una de las flechas impacto en la cuenca ocular de uno de los soldados que corría hacia la cobertura que ofrecía un carromato volcado. -Mierda.... acaban de dejar a la cuarta escuadra sin explorador... creo que era Joli... Bien... ¡Comisario! Preparese, esto esta durando demasiado.

El comisario asintió, mientras recargaba su pistola y llamaba a gritos a los sargentos de la segunda y tercera escuadra. - Broinward, Janhause ¡Aqui rápido! ¡No joder, allí no, aquí junto a la trinchera! Bien muchachos, no parecéis más listos que hace media hora, así no tendré que meteros un tiro.- El comisario sonrió ferozmente, solía bromear con que los cultistas aumentaban su inteligencia con magia y que los veía tan estúpidos que no tendría que ejecutar a casi ningún Thuran.

El capitan sonrió y señalo a los sargentos. -Señores, hora de ensuciarse el culo.- los soldados sonrieron, no iban tan sucios desde que se revolcaban con la hija del porquero de la ciudad. - Tenéis el maravilloso privilegio de encabezar este asalto, abriréis dos cuñas de fuego en el frente, la quinta y sexta escuadra apoyaran en los flancos, cuando consolidéis la posición,la escuadra de mando y yo encabezaremos al resto de escuadras para apoyaros. Creo que los exploradores entraran en la fortaleza en... -mirando su reloj y haciendo un rápido calculo- tres minutos. ¡Así que moved el culo joder, el primero que abra las puertas tiene sueldo doble y permiso este mes!.-

Los sargentos, dispusieron una sonrisa en sus sucias y ensangrentadas caras y empezaron a repartir ordenes a gritos a sus soldados, los cuales se pusieron en marcha recargando mosquetes y soltando los fiadores de las espadas.

-Es el momento comisario.- Sabía de las dotes de oratoria del comisario, y solía infundir cierto valor a los soldados cada vez que soltaba una de sus arengas, aunque también sabia como sacar unas risas en un cuartel o en una taberna. Era un tipo carismático, aunque le tenían más miedo los soldados que a los mismos brujos que combatían. Pero bueno.. ese era su trabajo al fin y al cabo.

El comisario se alzo con su espada en la mano y la pistola apoyada en su hombro cuando comenzó.- ¡Hombres y Mujeres de Thuran, llevamos juntos desde que abandonamos Thuran en la Primera Guerra, os he visto matar, morir, beber y retozar mientras ibais ebrios! ¡Pero hoy, estamos aquí, frente a esta maldita puerta... Tres meses hasta que al fin podemos meter una bala entre los ojos de ese maldito brujo! Y decidme soldados... ¿acaso esto es más complicado que cuando liberamos Thuran? ¿Acaso es más sucio que aquellos niños mutantes de Paramos de Poniente? ¿Nos da acaso más miedo que cuando nos enfrentamos en Terrallende a hordas de demonio? Yo creo que no. ¡Así que soldados, queréis acompañarme una vez más! ¡Purguemos a estas aberraciones! ¿Acaso queréis vivir para siempre?.- Remato su discurso alzando su espada y un clamor se extendió entre la centena de hombres que se preparaban para entregar su sangre y sus vidas en la batalla.

El capitán Tarran, alzo su espada al aire y con una poderosa voz, dio al fin la orden de avanzar.- ¡Ahora, soldados, a muerte, devolvamos a esa gente a donde se merece! ¡Por Thuran, por el reino, por los caídos! ¡Vivimos para morir, morimos para servir!.

Sonó un clamor, los sargentos dirigieron a sus soldados hacia las puertas, mientras avanzaban entre una lluvia de flechas y balas. El ambiente finalmente se cargo rápido de los sonidos de la batalla, el sonido del acero, los mosquetes y los gritos de los hombres...

Ya no había vuelta atrás, la orden de avanzar estaba dada y hoy, no era el día en que se iban a retirar ni a rendirse. La victoria estaba en el filo de sus dedos, y nada ni nadie podría detenerlos. Los primeros cincuenta metros, hasta la primera linea de trincheras, fue un infierno, Tarran observo como tres soldados, los cuales no pudo distinguir entre el denso humo, de lo que parecía la cuarta escuadra, salían despedazados y rodeados de un fuego verde... parecía magia vil, esto se ponía peor de lo que se imaginaban al principio.

Finalmente, chapoteando y con un grito de guerra, los soldados de Thuran, encabezados por su comisario y su capitan, llegaron para consolidar la posición que los sargentos Broinward y Jainhause junto a sus hombres habian conseguido afianzar a costa de sudor, sangre y lo que parecían cuatro soldados muertos así como el cabo Wendell, un veterano de pelo cano que llevaba en la compañía desde que marcharon en la Primera Guerra hacia Lordaeron.

-¡Informe Sargentos!- El capitan entro de un salto en la trinchera y miro a los hombres alli reunidos y les dedico una sonrisa que podía helar un corazón si se lo propusiese.

-Señor, la situación es una autentica basura. Estamos bloqueados por fuego continuo que hacen desde los fortines. Si no volamos esa puerta... nos podemos dar por muertos... .- Se seco el sudor de la frente y prosiguió.- Pero veo una opción, si mandamos a los petardos podremos pasar.- Los Thuran llamaban amistosamente a los soldados de demoliciones “petardos” porque se sabían de varios casos de soldados que se habían inmolado sin pretenderlo, y dieron un espectáculo de “estrellas fugaces” solo que un poco más macabro. Para rematar lo que parecían las palabras del sargento, una bala perdida hizo estallar la cabeza del soldado más cercano en una asquerosa lluvia de sangre y metralla.

-¡Al suelo! ¡Y traedme a los petardos de la primera, tercera, secta y octava escuadra!.- El capitán se arrojo al suelo y con un juramento saco su pistola cebándola.-¡Soldados, no retrocedáis, victoria o muerte!.

Finalmente, los soldados de demoliciones, llegaron tiznados de hollín y portando cada uno de ellos una mochila que se sabia llena de explosivos para derribar las puertas. Dando ordenes y desplegandolos, la cuarta y quinta escuadra se prepararon para ofrecer fuego de cobertura a los locos que cargados de explosivos pensaban cargar contra la puerta para derribarla. Los soldados echaron a correr con la primera escuadra siguiéndolos de cerca y la cuarta y quinta disparando sus mosquetes desde la protección que les brindaba la trinchera. Un soldado, al parecer Burain, de la segunda escuadra cayo muerto perdiendo la mochila por el camino, el cual la recogió el cabo Lowen, de la propia escuadra de mande del capitán, el cual dirigía desde el frente siempre que lo consideraba oportuno.

Tras los últimos diez metros, el capitan se parapeto tras un muro semiderruido e impartió ordenes a sus soldados. - Bien muchachos, hora de volar ese papel de fumar que nos impide el paso. Lowen, tienes el mando del ataque, ya sabes que hacer. Los demás, a seguirlo y volad eso en mil pedazos por la Luz o por lo que os apetezca rezarle hoy.

Observando al grupo de avanzada, los soldados estaban expectantes, cuando un horror demoníaco surgió volando de entre las murallas, aterrizando junto a la escuadra de mando y aplastando bajo su espada al portaestandarte de la compañía, el cual con el cuello roto, parecía un juguete desmadejado mientras su vida se escapaba de sus ojos poco a poco. El ser, luchaba con una sobrenatural rapidez y la mayoría de ataques eran desviados. Este acabo enzarzado con el comisario en un combate singular en el que la velocidad de uno, se enfrentaba a la destreza y el saber del otro. El combate era un borrón y la espada demoníaca, tajo y corto la mano del comisario de golpe, arrancandole un grito y un surtidor de sangre de lo que ahora era el muñón. Pero el comisario, lejos de amilanarse, saco y amartillo su pistola con la mano izquierda y le descerrajo un tiro en la cara que dejo al demonio convulsionándose en el suelo en el preciso momento que una tremenda explosión y un clamor se levantaba desde las trincheras de los Thuran.

Las puertas habían sido voladas al fin y el camino estaba libre para entrar a sangre y fuego a la ciudad después de tres meses de espera. El capitán, en alarde de heroísmo... o insensatez, ya que se arriesgaba a recibir una flecha perdida, se alzo y desenfundando su estoque y su daga, lanzo un grito de batalla.

-¡Ahora soldados, es el momento! ¡Vivimos para morir, morimos para servir!.- Y se lanzo encabezando el ataque mientras observo como los exploradores comenzaron a aparecer degollando a los arqueros de encima de la puerta y dejando un camino seguro para el resto de la compañía. Sin embargo, un bulto apoyado en una roca, con una astilla del tamaño de una lanza asomando entre sus costillas le llamo la atención.

-Lowen, muchacho, no te vayas.- El cabo, estaba destrozado y el capitán sabia que no viviría más de unos minutos, sacarle esa astilla, le destrozaría por dentro.- Nos has dado esta victoria, ahora esto es tuyo.- El capitán sacándose una de sus menciones de honor, se la coloco en la pechera mientras el cabo Lowen le agarraba la mano y con un último estertor su vida se apago. Cerrándole los ojos, se alzo de nuevo y entro en la ciudad espada en mano, dispuesto a acabar lo que habían venido a hacer.

Trinel observo a Yirias destripar a dos de los cultores con su espada mientras su muñón burdamente vendado goteaba sangre y aullaba ordenes sin cesar y cosas sobre la madre de los soldados y las hermanas de los cultores. También vio al explorador Klegan, segar la vida de un enemigo tras otro con una improvisada lanza que era su mosquete con su daga atada con una cuerda al cañón, la cual manejaba como una lanza de forma terrorificamente eficaz.

El campo de batalla era un caos, pero los cultores caían por doquier, uno, con una túnica bellamente labrada y que parecía ser un oficial, se acerco desafiante con una espada aserrada hacia Trinel. Sin ningún tipo de saludo, comenzó un duelo, la batalla se reducía a esos dos hombres, todo lo demás parecía en silencio. Los golpes iban y venían y Trinel consumado espadachín retrocedía y avanzaba poco a poco, golpeando y tanteando la espada de su oponente, el cual lanzaba ataques poco hábiles, pero que le partirían por la mitad si le golpeaban. La espada serrada, paso muy cerca de su pecho, cortando un par de correajes de su coselete de cuero y una larga marca en su camisa de la que salio una leve película de sangre. La herida era superficial, pero hizo que el combate se tornara más serio,ya que el próximo fallo, podría ser su vida la que se escapase.

Desenfundando la daga, cambio la guardia y comenzó a presionar a su adversario, en una serie de fintas golpes y contragolpes, el estoque de Trinel entro en el antebrazo del cultista y este soltó su espada, mientras una bala perdida le golpeaba en la corva y le hacia arrodillarse aullando de dolor.

Con el ruido de la batalla apagándose poco a poco, Trinel se acerco con su espada desenvainada apuntando al cuello de su oponente. El cual tenia un rostro pálido y afeitado, sin pelo alguno que le cubriese los tatuajes de tonalidades moradas y verdes que recorrían su cara. El aberrante humano, alzo su mirada y sonriendo al soldado que ante el se alzaba, soltó una carcajada acompañada de un borbotón de sangre entre sus dientes.

-Ah... los valientes Thuran... siempre en su puesto y tan sufridos y serios como siempre... Estáis donde nosotros queríamos.- Volvió a toser un poco de sangre y escupió a las botas del capitán.- Este día no sera recordado como la victoria que obtuvisteis aquí... sino como un día doloroso para ti Capitan Tarran... - Dijo con una mueca de desprecio y un tono vació y apagado.

El capitán estoico respondió a la perorata del cultor.- Todos los días, son días de dolor para los Thuran... pero esto nos alivia a menudo.- Y sin el menor gesto, clavo su espada en la garganta de su enemigo arrodillado, de la cual empezó a manar una sangre espesa que fluyo hasta las guardas de su estoque.- ¡Y ahora, purgad la ciudad soldados, que no quede ninguno en pie!.
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